miércoles, 19 de marzo de 2014


                      EL ESCUDERO DE LAZARILLO DE TORMES
                                      EN LA ERA DE INTERNET.



                                 
                             Catedral de Oviedo                     


            Sus valores bursátiles  habían caído por debajo de la línea de flotación. La última crisis lo había derrumbado de lo alto de la pirámide social y deambulaba por las calles de Oviedo, cual antiguo escudero lacerado en su orgullo,  esperando encontrarse en alguna esquina con La Regenta o con La Cordera de Clarín que su madre le había contado de pequeño. Sus ocho apellidos, que acarreaba de la época de Don Rodrigo, no le servían para hacer frente a los cambios vertiginosos de los nuevos tiempos, marcados más por los valores de papel que por los de la antigua heráldica.
            Aún conservaba un viejo trastero convertido en estudio lóbrego y oscuro donde recalaba al amanecer, después de aburridas noches que un día fueron de vino y rosas.  Aquel domingo se levantó muy tarde y se volvió a arrastrar por las calles de la benemérita ciudad que aún dormía el sábado.  Entró en la galería de internet que habían abierto en la calle San Francisco: era su religión sin dios, su inyectable diario que le permitía mantenerse unido a su glorioso pasado. Buscó  500 pesetas en el fondo del bolsillo, pero no las encontró. El galerista le regaló media hora de viaje por las autopistas del cielo y cuando terminó, permaneció allí hasta que todos los internautas fueron idos.
            Entonces merodeó por delante de los restaurantes que había frecuentado en los tiempos de abundancia. ¡Si hubiese hecho caso de los sueños del Faraón...!.  Bueno, tampoco había por qué preocuparse tanto; las crisis bursátiles eran como las crecidas del Nilo: siempre volvían a su cauce. Los restaurantes, que comenzaban a llenarse a aquella hora, se convertían ahora para él en la Cocina Económica. Allí se encontraría con  el lumpen urbano que tanto había detestado.  Lo que más le fastidiaba era que estaba empezando a parecerse  a ellos: también él se acompañaba de un perro vagabundo que encontró en las calles de la zona vieja, y que le seguía cual lazarillo, esperando tener próspero futuro y cosas divinas.
            Al pasar por la plaza de la catedral contempló sus agujas  eternas: el  espíritu  nunca  perderá  enteros  porque no cotiza en bolsa. Después bajó su vista a los pies de las torres, carcomidos por el paso del tiempo;  era igual, llegaría a caer la catedral, pero  nadie podría matar aquel poema de piedra. De pronto se acordó del teléfono móvil. Marcó el número del cielo, pero comunicaba por sobrecarga de línea.  Tecleó el del infierno y le contestó una voz cavernosa; entonces se postró de rodillas y desenterró su antiguo castellano:

             "¡Oh muerte!, ¿por qué no vienes
              y llevas esta alma mía
             de aqueste cuerpo mezquino,
             pues se te agradecería?"

            Un rayo descendió desde la cruz más alta de la catedral y lo dejó convertido en cenizas. Cuando llegó la policía municipal sólo encontró el teléfono incombustible, que repetía:

“Bienvenido a la torre encantada”.