jueves, 28 de agosto de 2014







                                                   YO SOY EL DAVID DE BERNINI


                                                   

                                                    Bernini,  David (1624)
                                                        

               
                   Mi amigo Caravaggio es un blando; pintó un David que pide perdón por abatir a Goliat, como si matar a un filisteo fuese un acto que debiera ser perdonado en vez presentar su cabeza como un trofeo de guerra. No entiendo la representación que hacen algunos artistas italianos del pueblo de Israel: Donatello esculpió un David que parece un figurín del S. XV (con sombrero florentino incluido), más propio de salones cortesanos que de  campos de batalla, y Miguel Angel embridó la fuerza del héroe  para ocultar su ira bajo una educada pose de corrección política.
     Pero hora estamos en el Barroco y no sólo han cambiado los tiempos, sino también las formas; yo me acerco más a la realidad que aquellos maniquíes de escaparate del Renacimiento que lo único que buscaban era transmitir belleza; porque la guerra, como la vida, es cruda (no sé si la cruda  realidad puede ser bella).
      Yo aprieto los dientes, miro a la  frente del gigante filisteo y tenso todos los músculos para que no falle el tiro porque en ello nos va la tierra y la vida. Los judíos no podemos tener compasión de los vencidos porque nuestro vengativo dios no lo consentiría; debemos hacernos hueco en un territorio hostil luchando contra pueblos poderosos y sólo contamos con trompetas para derribar las murallas enemigas. Pero contamos con Yaveh. Somos el pueblo elegido.
     
P.D.  Yaveh no confundió las lenguas para impedir que los hombres llegaran al cielo con la Torre de Babel, sino para hacer fracasar una empresa colectiva que no protagonizaba el pueblo de Israel.                                                                           
                                          
                                               

sábado, 9 de agosto de 2014


                                       

                                           
                                                                   
                                                     TRASCASTRO                                                        


                            
                                               A iglesia

                                      Iglesia de Trascastro (León)
                                         

     He vuelto al Santuario de Trascastro (León) de la misma manera que se vuelve al lugar del crimen. Esperaba encontrar el paisaje que guardo en la memoria desde hace tantos años, cuando me llevaron en peregrinación para saldar una promesa, pero la memoria había cambiado la realidad tanto como la realidad misma. Allí donde recordaba campos de cereal recién segados encontré las mismas tierras abandonadas de toda la montaña asturleonesa; no lo siento como un paraíso perdido, porque no era paraíso, sino remos de galeras de cuyas cadenas se han librado Katia, Sonia y tantos otros que hoy pueden mirar atrás con el orgullo de haber vencido al destino.
     Pero encontré un pueblo mejor que el que guardaba en la memoria: allí, mirando al Sur, resguardado de los fríos vientos del Norte y contemplando el valle por el que pasaron hace 2.000 años las tropas romanas de Carisio, Trascastro ofrece unas terrazas de casas bien cuidadas entre las que sobresale la iglesia del S. XVII. El templo, de cruz latina y mirando al Este como Dios manda, se mimetiza con la pizarra del paisaje y se corona con una espadaña típica de toda esta zona occidental de la Cordillera Cantábrica que une más que separa a leoneses y asturianos; no en vano todos éramos Astures.
     La Virgen de Trascastro (cuya festividad se celebra el 15 de Agosto) se erigió pronto en lugar de peregrinación al que acudían gentes de toda la zona para agradecer sus curaciones; y allí me llevó mi madre cuando, niño, “me ofreció” llevarme a Trascastro si la Virgen me salvaba de una enfermedad infantil cuyo nombre no recuerdo. Salimos de Degaña antes del amanecer y, utilizando el meridiano 6º como funicular imaginario que se adapta a cualquier terreno, cruzamos la cordillera a ratos a pie, a ratos a caballo.
     Llegamos poco antes de comenzar la misa a la vez que otros muchos peregrinos, algunos de los cuales confluían en el santuario descalzos o de rodillas como si necesitaran pagar más deuda con un mayor sacrificio; acabó la misa que no recuerdo y llegó el rito que no olvido: doce danzantes de blanco que dejaron en mis ojos un fogonazo eterno de sonido y luminosidad. Fue un resplandor tan potente que eclipsó todo lo que sucedió después.
     Por lo que respecta a la fe en los milagros de la Virgen, estoy preso de esta segunda inocencia que da en no creer en nada; sólo una cosa es segura: curamos todos los que estamos aquí para contarlo.