martes, 23 de diciembre de 2014





               EL NIÑO JESÚS Y LAS DIFERENTES  ADORACIONES
  

       
                    Duccio: La Virgen con El Niño (1320)
                              
                                      
                       

       
                 Piero Della Francesca,   Virgen con el Niño (1472
       

            Siempre pensé que yo era el centro de la escena, pero eso cambió (como tantas otras cosas en Europa) en el transcurso de la Baja Edad Media.
            A principios del S. XIV Duccio me pinta en el regazo de mi madre, en un trono de gusto gótico como corresponde al momento histórico, con todos los acompañantes celestialmente ordenados y sin que ninguno ose ponerme un pie delante. La Virgen, de tamaño jerárquico,  me muestra con toda mi majestad a unos personajes de los que ninguno sobresale ni me roba protagonismo.
            Pero a finales del S. XV Piero constata el cambio de los tiempos. A mí me ponen tirado ahí, en el regazo de mi madre (y aún habrá otros pintores que me releguen al suelo) como un enojoso fardo que sólo debe figurar en tanto que testigo reminiscente de la marca comercial; mientras, mis adoradores ya figuran individualizados y chupan cámara para que la Historia los reconozca en el futuro.

            Y sobre todos ellos se eleva Federico de Montefeltro, Duque de Urbino; su posición preeminente en el cuadro, los brillos de su armadura y su personal nariz de boxeador aristócrata advierten que es él quien paga la obra y por tanto, como donante, quien debe ser protagonista de la escena que ya nunca volveré a presidir como antaño.

viernes, 12 de diciembre de 2014




                           ACTUALIDAD DE FERNANDO DE PULGAR



                                           




            Fernando de Pulgar vivió en la segunda mitad de S. XV. Fue Secretario Real de Enrique IV e Isabel la Católica, así como Consejero de Estado y embajador en París y Roma. Pero su posible origen de judío converso (aunque anterior al obligado decreto de 1492) le enfrentó al Inquisidor Torquemada y le hizo caer en desgracia, quedando relegado a simple covachuelista de la Corte.
            Pero por lo que recordamos a Fernando de Pulgar no es por su trabajo en la Administración, sino por la agudeza de sus escritos entre los se encuentran obras como Coplas de Mingo Revulgo, Letras…, cuyas observaciones son aplicables a la Historia de nuestro tiempo. En esta carta; dirigida a Isabel I de Castilla, analiza y alecciona a La Reina sobre la función de  las guerras y su importancia en el ejercicio de la caballería. Su pasmosa actualidad nos trae a la memoria muchas actuaciones militares recientes; sólo le falta añadir la importancia del tráfico de armas como causa de las guerras;  pero entonces no existía tal comercio.

Acá auemos oído las nueuas de la guerra que mandais mouer contra los moros. Ciertamente, muy excelente reina y señora, quien bien mirare las cosas del rey y vuestras, claro verá cómo Dios os adereça la paz con quien la deueis tener y os despierta a la guerra que sois obligados. Una de las cosas que los reyes comarcanos vos han enbidia es tener en vuestros confines gentes con quien no solo podeis tener guerra justa, mas guerra santa en que entendais y hagais exercer la cauallería de vuestros reinos, que no piense vuestra alteza ser pequeño proueimiento. Tulio Ostilio, el tercero rey que fué en Roma, mouió guerra sin causa con los albanos sus amigos y aún parientes, por no dexar en ocio su cauallería, (…)                           
                                                             Fernando de Pulgar, Letras.

lunes, 1 de diciembre de 2014




                                
                       UNA GUITARRA VIVA


Pablo Picasso - Viejo guitarrista

                              Picasso,  El guitarrista ciego (1903)


            Soy el único elemento vivo de este cuadro esperando que la mano de nieve que me cubre pueda desempolvar mi espíritu; de hecho estoy ayudando a mantenerse en pie a mi lastimero intérprete que se me cuelga del mástil  igual que un quejido flamenco se eterniza en la garganta. Sus manos parecen tan ciegas como sus ojos, su cuerpo tan místico como los estilizados personajes de El Greco y su rostro tan ondulado como las pinceladas llameantes de la Noche estrellada de Van Gogh.
            Picasso me da color para que contraste con el realismo azulado que maquilla su pose de mendigo mortecino. No hacen falta  más detalles para plasmar un cuerpo transfigurado, vencido no sé si por la ceguera o por la melancolía, abandonado a un futuro sin fecha de caducidad. No hay nada más impreciso que el tiempo indeterminado entre una vida acabada y una muerte inadvertida.

            Le ayudaré a arrancar un lamento que interprete su tristeza y se avenga a su color; un lamento que acompañe la asumida derrota a la que se ha resignado, un lamento con las resonancias de una rapsodia in blue.

viernes, 21 de noviembre de 2014







                                                     EL ESCORIAL Y FELIPE II
                                           
                                         
                                     Juan de Herrera,  El Escorial  (S.XVI)
                               
                                                            

            Yo soy El Escorial, pero también podía ser Felipe II; fue él quien me impulsó y quien importunó a mi arquitecto para que quedara clara su personalidad en mis formas. Durante los viajes que realizó para vigilar mi construcción, pagó con el sufrimiento de la gota el pecado de querer estar a pie de obra.
            Suya es mi estructura de parrilla cuadriculada, forma de pensamiento acotado del que no se debe salir bajo pena de quebranto; en cada esquina una torre que vigile la línea recta marcada por cornisas y ventanas, en cada torre una esfera como símbolo perfecto de la geometría cerrada; y gobernándolo todo, esa simetría propia de un rey que cree estar en el fiel de la balanza.
            Mis aristas son tan vivas como la intransigencia de su cortante inflexibilidad, recalcitrante ante cualquier asomo de decoración que aliviase el color gris del feldespato de mi piedra, que no es sino el negro dulcificado con el que él vestía su figura de Greco.
            Y aquí estoy cual moderno rascacielos tumbado, derribado por el tiempo.

martes, 11 de noviembre de 2014




                                                                  MOISÉS (II)

                                                           
         
                                               Pablo Gargallo, El profeta (1933)

                                    
                        
            No es que yo sea Moisés: es Moisés el que ha acabado por adueñarse de mi cuerpo; tal es la maestría con la que me esculpió Pablo, que he terminado por hacerme con la identidad plástica de El Profeta. Más allá de la furia contenida de Miguel Ángel, yo represento la advertencia y la despiadada amenaza para aquellos que osen contradecir la palabra de Yavé, que es la mía.
            Así lo expresa mi boca y así amenaza mi brazo derecho erguido; el izquierdo esgrime el bastón de mando: el que se convirtió en serpiente para devorar a las de los malabarista sacerdotes del Faraón, el que separó en dos las profundidades del Mar Rojo y el que hizo brotar agua allí donde no había más que una árida roca.  No necesito más hierro en los vanos de mi cuerpo para mostrar que la esencia del espíritu se puede reducir al mínimo de materialidad posible (y aún me sobra).
            Me acaba de hablar Yavé a través una zarza incombustible; así es de eterna su naturaleza, así su fuerte voluntad; así será el carácter del Pueblo de Israel. Malditos aquellos que por abandono abracen el becerro de oro.

jueves, 30 de octubre de 2014




                                      Y EL HOMBRE CREÓ A DIOS


                       creacion     
                        Miguel Angel, La creación de Adán  (h. 1510)   
                   

            Me tienes que dar las gracias por crearte de la nada, Yavé, Dios, o como quiera que te llamen. Pero te necesito; te necesito para justificar el bien y el mal de las acciones humanas; te necesito para que pongas freno a las pasiones y seas espejo en el que se mire la conciencia de los tiempos.
            Pero acatarás lo que te mande. Tendrás que llamarle muerte a lo que otros llaman vida porque ahí reside la falacia de tu esencia. Te invocarán los que pasan hambre y sed (también de justicia), porque los demás no te necesitan. Te pondrán por testigo de una cosa y la contraria y tendrás que dar a cada uno su razón y su revancha.
             A cambio te otorgaré estatus de espíritu para que seas eterno (¿acaso no es ése el señuelo de la eternidad?) para que nadie vea que te avergüenzas de tu desentendimiento de las cosas terrenas, porque de ello responderán los ministros que tendrás en nómina generosa. Recibirás alabanzas y te ensalzarán muchos poetas; de los demás  no hagas caso, ya se encargará de ellos las justicia que crearemos al efecto.

P.D.
(…) “Empero yo quiero de mi parte satisfacerte a ti, supremo atronador, y a todos esotros que te acompañan, sorbedores de ambrosía y néctar, no obstante que en vosotros he tenido, tengo y tendré imperio, como lo tengo en la canalla más soez del mundo. Y yo espero ver vuestro endiosamiento muerto de hambre por falta de víctimas y de frío, sin que alcancéis una morcilla por sacrificio, ocupados en sólo abultar poemas y poblar coplones, gastados en consonantes y en apodos amorosos, sirviendo de munición a los chistes y a las puyas”.

                                                                    Francisco de Quevedo. 

miércoles, 22 de octubre de 2014









                                                      DNI


            Aquella noche soñé que me había tocado la lotería primitiva. No podía concretar la cuantía, pero debía de ser mucho dinero porque era el único acertante de los 6 números del primer premio. La atmósfera del sueño era tan difusa que no lograba aquilatar más que la certeza de los números agraciados y de que el premio era de siete cifras, lo que implicaba como mínimo un millón de euros.
            A las 9,00 horas sonó el teléfono. Descolgué un poco asustado porque no solía recibir llamadas a una hora tan temprana, y menos en una mañana de domingo, cuando parece que la noche anterior sobrevuela su territorio dormido; únicamente mi madre solía transgredir aquella norma no escrita cuando nos invitaba a comer, pero lo había hecho el domingo anterior y no solía repetirlo.  Mi susto fue en aumento cuando vi que la llamada era de la policía.      
            Me preguntaron si aquél era mi domicilio y si podían hablar conmigo; me llamaban porque tenían en su poder una cartera con mi DNI, gracias al cual habían logrado localizarme. La documentación la habían encontrado tratando de averiguar la identidad  de un indigente, al que los encargados de la basura habían hallado muerto aquella noche en la acera de una calle próxima a la mía.
            Aquellas palabras acabaron de despertarme por completo y me devolvieron a la realidad de aquella mañana de domingo. Me levanté y corrí al perchero para comprobar si estaba mi abrigo. Tenía miedo de que lo que entonces recordé también hubiera sido un sueño, pero al menos este dato era cierto: el abrigo no estaba allí. La noche anterior había estado cenando con mi mujer y unos amigos y, al volver a casa a medianoche, nos encontramos en la acera con un bulto inconcreto, confundido entre la basura amontonada de un portal.
            Al principio no logramos distinguirlo bien; los cubos y los cartones de una frutería cercana formaban un montón desordenado del que nos pareció que quedaban al descubierto unas zapatillas deportivas. Cuando nos acercamos un poco más pudimos entrever unos riñones medio desnudos que sobresalían entre la camisa y el pantalón, a la vez que oímos una voz baja y entrecortada que murmuraba: “tengo frío, tengo mucho frío”.
            Intentamos colocarle unos cartones debajo del cuerpo para que lo aislaran del suelo, pero resultaba muy difícil mover aquel bulto pesado como un muerto que, además, parecía estar borracho. Mi mujer me miró a mí y después a mi abrigo y nos cogió a los dos por la solapa (ella siempre es más sensible al desamparo); total, estábamos cerca de casa, y él lo necesitaba más que yo si quería salir vivo de aquella noche de perros. Me lo quité e intentamos cubrir con él su cuerpo lo mejor que pudimos, aprovechando el pequeño tamaño de su posición fetal.
            Al ver que mi abrigo no estaba en el perchero, me abalancé sobre el teletexto para comprobar si los números agraciados en la primitiva de aquel sábado eran los que yo había jugado; los sabía de memoria porque siempre que la echaba lo hacía con la misma combinación. Y allí estaban tal cual yo recordaba haberlos tachado.
            Me acosté de nuevo para serenarme y poner los datos en orden; me dolía haberme interesado antes por el boleto perdido de la primitiva que por la noticia del indigente muerto. Después me arrepentí de no haber avisado al 112 cuando lo encontramos en aquel estado, pero me autoconsolé porque en otras situaciones similares me habían contestado que toda persona mayor de edad es libre de hacer con su vida lo que quiera.  
            No quise despertar a mi mujer con aquel asunto hasta no haberlo aclarado mínimamente, por lo que, dado que aún dormía, me levanté y fui hasta la policía para recuperar mi documentación. Por teléfono me habían dicho que tenían que hacerme algunas preguntas porque yo debía de ser la última persona que lo había visto con vida, pero no me molestaron más de lo necesario; todo apuntaba a que la muerte se había producido  por un coma etílico, y que, si la autopsia desvelaba otras circunstancias, se pondrían en contacto conmigo.  
            Cuando me entregaron la cartera busqué el justificante  de la primitiva, pero el compartimento donde solía guardarlo habitualmente estaba vacío. Pensé en denunciarlo, pero finalmente desistí porque no tenía ninguna prueba en la que apoyarme. Volví a casa y me metí de nuevo en la cama para ver si un nuevo sueño devolvía la realidad a su sitio.

            Sonó el teléfono. Ahora lo cogió mi mujer: “tu madre, tan puntual como todos los domingos para invitarnos a comer. Parece ser que ayer le tocó la primitiva.”

miércoles, 8 de octubre de 2014



                                      EL MIEDO A LA PUBERTAD

                                    
                                    Edvard MunchLa pubertad (1895)

            Abandonaré el paraíso de la infancia donde los conflictos se resuelven con una mueca de olvido y me internaré en la misteriosa adolescencia como la música de Grieg explora los imprevisibles recodos de los fiordos de mi patria; en cada nota un secreto, en cada curva un enigma, y, al final, me encontraré tan perdida como el  piano que intenta buscar salida a una coda para huir del laberinto.
            Me protegeré del mundo con las piernas y los brazos presionados como única defensa frente a lo desconocido (como si ello sirviera para algo más que para enmascarar mi angustia); no sé qué pasa en mi cuerpo que cambia como  una oruga y me deja al descubierto una permanente mutación que me acongoja; la intentaré ocultar, pero mis ojos me delatarán por más que los abra con ánimo de simulada indiferencia; es tan difícil ignorar el miedo cuando estás sola frente al mundo y a tu espalda no tienes más que un muro de desamparo.

            Intentaré avanzar hacia la vida y llegaré a olvidarme de ese muro, pero de lo que nunca podré evadirme es de esa sombra inquietante que sobre él proyecto, cuya presencia me persigue como un silencioso espectro.

sábado, 27 de septiembre de 2014




                                                                EL ANGELUS

  

                                               
                                 Millet, El Angelus  (1859)                                       


                                        
            Los campesinos dan gracias a Dios por concederles los frutos de la tierra como recompensa a sus plegarias, pero Millet ambienta la oración bajo la inmensidad de un cielo desolador; la escena se sitúa entre la crítica social que nace con la Revolución de 1848 y la misericordia de una religiosidad a la que el Realismo de orientación cristiana vincula con el socialismo en ciernes. Lo único que existe es el trabajo y la torre de la iglesia en la distancia de una llanura inhóspita. No eran necesarios los campesinos; habría sido suficiente con la carretilla y ese paisaje desolador para transmitirnos la idea de penuria.
            Las figuras no tienen un rostro definido porque no lo necesitan. La expresión se transmite con la composición de unos personajes solos, en el medio de la nada, una actitud de aceptación del destino y unos colores terrosos que tanto gustaron al Van Gogh primitivo y que le inspiraron Los comedores de patatas.
            Y las patatas están en los sacos de la carretilla y en la cesta donde antes había un hijo muerto; la presión social obligó a Millet a quitar el niño de la escena y la solución del pintor fue enterrarlo bajo la tierra para que sirva de abono a las patatas. Los campesinos no miran la cesta de patatas, que por cierto tiene forma de moisés, sino el lugar donde yace su hijo.   

sábado, 13 de septiembre de 2014




     
                                            UN CRISTO POLISÉMICO
  
                                   
                                  Antonio Saura, Crucifixión (1979)

                                                 
               Lo único que conservo de la serenidad del Cristo de Velázquez son esos pies sobre los que se apoya mi calvario, ajenos al sufrimiento del resto de mi cuerpo, y que contrastan con las manos crispadas más por la rabia del espíritu que por el dolor físico. Espero con la impotencia de una ruleta rusa que los dardos se concentren en los espacios vacíos de pecado.
               Mis múltiples capas de pintura superpuestas representan a todos los crucificados que se asoman al mundo a través de mi rostro sobredimensionado cuya boca grita ante la grada la protesta de todos los perseguidos injustamente por la Historia. Mis manos recuerdan las del Cristo de Grünewald, que se resisten a enmudecer antes de rasgar el cielo con los dedos, para apremiarle si será éste el último sufrimiento que tenga que soportar el hombre.
               Pero Antonio me dijo mientras me pintaba que el dolor que quería expresar no era sólo religioso, sino la protesta por todas las torturas que sufren tanto los perseguidos por una fe contrariada, como los desafectos que se apartan del camino delimitado por lanzas. Me dijo que yo era la expresión abstracta del sufrimiento; me temo que él lidiaba con la concreción del mismo.

jueves, 28 de agosto de 2014







                                                   YO SOY EL DAVID DE BERNINI


                                                   

                                                    Bernini,  David (1624)
                                                        

               
                   Mi amigo Caravaggio es un blando; pintó un David que pide perdón por abatir a Goliat, como si matar a un filisteo fuese un acto que debiera ser perdonado en vez presentar su cabeza como un trofeo de guerra. No entiendo la representación que hacen algunos artistas italianos del pueblo de Israel: Donatello esculpió un David que parece un figurín del S. XV (con sombrero florentino incluido), más propio de salones cortesanos que de  campos de batalla, y Miguel Angel embridó la fuerza del héroe  para ocultar su ira bajo una educada pose de corrección política.
     Pero hora estamos en el Barroco y no sólo han cambiado los tiempos, sino también las formas; yo me acerco más a la realidad que aquellos maniquíes de escaparate del Renacimiento que lo único que buscaban era transmitir belleza; porque la guerra, como la vida, es cruda (no sé si la cruda  realidad puede ser bella).
      Yo aprieto los dientes, miro a la  frente del gigante filisteo y tenso todos los músculos para que no falle el tiro porque en ello nos va la tierra y la vida. Los judíos no podemos tener compasión de los vencidos porque nuestro vengativo dios no lo consentiría; debemos hacernos hueco en un territorio hostil luchando contra pueblos poderosos y sólo contamos con trompetas para derribar las murallas enemigas. Pero contamos con Yaveh. Somos el pueblo elegido.
     
P.D.  Yaveh no confundió las lenguas para impedir que los hombres llegaran al cielo con la Torre de Babel, sino para hacer fracasar una empresa colectiva que no protagonizaba el pueblo de Israel.                                                                           
                                          
                                               

sábado, 9 de agosto de 2014


                                       

                                           
                                                                   
                                                     TRASCASTRO                                                        


                            
                                               A iglesia

                                      Iglesia de Trascastro (León)
                                         

     He vuelto al Santuario de Trascastro (León) de la misma manera que se vuelve al lugar del crimen. Esperaba encontrar el paisaje que guardo en la memoria desde hace tantos años, cuando me llevaron en peregrinación para saldar una promesa, pero la memoria había cambiado la realidad tanto como la realidad misma. Allí donde recordaba campos de cereal recién segados encontré las mismas tierras abandonadas de toda la montaña asturleonesa; no lo siento como un paraíso perdido, porque no era paraíso, sino remos de galeras de cuyas cadenas se han librado Katia, Sonia y tantos otros que hoy pueden mirar atrás con el orgullo de haber vencido al destino.
     Pero encontré un pueblo mejor que el que guardaba en la memoria: allí, mirando al Sur, resguardado de los fríos vientos del Norte y contemplando el valle por el que pasaron hace 2.000 años las tropas romanas de Carisio, Trascastro ofrece unas terrazas de casas bien cuidadas entre las que sobresale la iglesia del S. XVII. El templo, de cruz latina y mirando al Este como Dios manda, se mimetiza con la pizarra del paisaje y se corona con una espadaña típica de toda esta zona occidental de la Cordillera Cantábrica que une más que separa a leoneses y asturianos; no en vano todos éramos Astures.
     La Virgen de Trascastro (cuya festividad se celebra el 15 de Agosto) se erigió pronto en lugar de peregrinación al que acudían gentes de toda la zona para agradecer sus curaciones; y allí me llevó mi madre cuando, niño, “me ofreció” llevarme a Trascastro si la Virgen me salvaba de una enfermedad infantil cuyo nombre no recuerdo. Salimos de Degaña antes del amanecer y, utilizando el meridiano 6º como funicular imaginario que se adapta a cualquier terreno, cruzamos la cordillera a ratos a pie, a ratos a caballo.
     Llegamos poco antes de comenzar la misa a la vez que otros muchos peregrinos, algunos de los cuales confluían en el santuario descalzos o de rodillas como si necesitaran pagar más deuda con un mayor sacrificio; acabó la misa que no recuerdo y llegó el rito que no olvido: doce danzantes de blanco que dejaron en mis ojos un fogonazo eterno de sonido y luminosidad. Fue un resplandor tan potente que eclipsó todo lo que sucedió después.
     Por lo que respecta a la fe en los milagros de la Virgen, estoy preso de esta segunda inocencia que da en no creer en nada; sólo una cosa es segura: curamos todos los que estamos aquí para contarlo.

martes, 29 de julio de 2014

                                      
                                                CÍRCULO CERRADO 



          Por aquellos días leí en el periódico que había en El Pueblo de Asturias una exposición insospechada. Se trataba de las fotografías que había hecho un alemán por algunos pueblos de la zona suroccidental de la provincia  en el año 1927, y que eran  las únicas que hubo de aquella comarca hasta muchos años después; pero dichas fotografías habían permanecido desconocidas hasta entonces por avatares de la Historia. Fritz Krüger, como pude leer en un libro ilustrativo que acompañaba a la exposición, había llegado a esta zona subdesarrollada en busca de datos para sus trabajos de etnografía, de cuya materia era profesor en la Universidad de Hamburgo.
          Años después (añadía el libro) Krüger ocupó cargos públicos durante el Nazismo, lo que le obligó a abandonar Alemania tras la II Guerra Mundial y buscar refugio en Buenos Aires, como hicieron por entonces otros muchos correligionarios suyos. Pero, tras la guerra, las fotografías permanecieron olvidadas en la Alemania del Este, y su aislamiento durante la Guerra Fría impidió el conocimiento de las mismas hasta la caída del Muro de Berlín.
          Yo iba a la exposición tratando de encontrar vestigios de Cabuerza, el pueblo en el que había nacido mi madre, y el resultado fue un premio mayor del esperado. Entre otras muchas fotografías suyas, fácilmente identificables por el parecido que todavía mantenía con su niñez, había una en la que aparecía ella en la puerta de la casa familiar, que aún seguía conservándose como entonces. Mi madre aparentaba en ella unos 12 ó 14 años y exhibía la inapropiada pose de una avezada actriz de cine como si el fotógrafo la hubiera aleccionado para ello. En otras aparecía con sus padres a los que abandonaría a finales de los años 40 para emigrar a Buenos Aires, tierra de promisión de muchos emigrantes asturianos.
          Allí se casó con un polaco de Wroclaw (antigua ciudad alemana de Breslau) llamado Józef Nowak, al que conoció un día en el Centro Asturiano, de cuya unión yo soy el único hijo. Mi madre siempre deseó viajar a España, aunque fuera en una sola ocasión; pero a pesar de las veces que se lo propuso a mi padre, él nunca quiso volver a Europa. A diferencia de ella, él era un hombre muy reservado; apenas si salía de casa si no era para ir a la Universidad en la que impartía clases de etnografía. No tenía amigos, salvo algunos compatriotas con los que se reunía en nuestra casa los fines de semana mientras mi madre acudía a fiestas en el Centro Asturiano para divertirse con los suyos, en una época en la que Buenos Aires preludiaba un nueva California.
          Mi padre murió a los 90 años,  al día siguiente de la caída del Muro de Berlín; he llegado a creer que la visión de aquellas imágenes por la televisión le causó tal impacto que acabó con su ya precaria salud. Fue sólo entonces cuando mi madre me animó a viajar a España para visitar el pueblo que la había visto crecer, y a cuyo viaje ella renunciaba ahora amparándose en lo avanzado de su edad.

          Cuando llegué a Asturias me llamó la atención una noticia del periódico en la que se anunciaba una exposición fotográfica de un alemán que había visitado la zona suroccidental de la provincia en el año 1927, y cuya obra había permanecido inédita hasta después de la caída del Muro de Berlín. Y allí estaba yo contemplando a mi madre en la exposición rescatada de Fritz Krüger.

martes, 15 de julio de 2014




                                                                   MARILYN

                                                                   

                                      
                                  Andy Warhol, Marilyn  (1967)

                                                   

            El bueno de Andy no sabe de mi dolor; o no quiere que la gente me vea como era, sino como las fotos publicitarias de Niágara me mostraron ante el público.
            Fiel a la línea del Arte Pop, me muestra como un sofisticado objeto de consumo que agrade a todos los gustos, para lo que hará varias copias de todos los colores, que satisfagan a quienes ven en mí ese oscuro e inalcanzable objeto de deseo. Y me lanzarán al mercado serigrafiada, como corresponde a esta moda del consumo de masas en el que cada individuo tiene un icono a su antojo; pero mi cara saldrá siempre plana aunque varíen los colores, no interesan mis angustias porque los mitos están libres de aflicción.

            Pero la realidad es bien distinta. Cuando Warhol quiso convertir mi imagen en icono yo ya estaba muerta. Lo que se exponía al consumo ya no era Marilyn, sino la abstracción del mito. Atrás quedaba la infancia desgraciada y los amores truncados, el abuso de barbitúricos y la cima de la fama  con unos pies de barro tan frágiles como la cresta de la ola que zarandeaba mi vida; y, sobre todo ello, esa imposibilidad de mantener en un quebradizo espíritu el sufrimiento que produce la lucha entre una vida desdichada y la imagen glamurosa que desprende.

domingo, 6 de julio de 2014



 EL NIÑO DE “LA LIBERTAD GUIANDO AL PUEBLO”



                              Image dans Infobox.

                             Delacroix, La Libertad guiando al pueblo (1830)
   
                                                
                
            Tengo permiso de Delacroix para salirme del cuadro. Acabamos de asaltar una barricada y ya miro al futuro y me desentiendo de los muertos como si fueran cosa del pasado. Ni siquiera me detengo ante el que contempla embelesado las tetas de La Libertad sin importarle la muerte.
            Mis ojos buscan la transcendencia de la historia a diferencia de mis compañeros de cuadro. El burgués y el obrero tienen la mirada más cercana, más interesados en el desarrollo del futuro inmediato; aún se mezclan hermanados, borrachos en la Revolución del 30; pero ¿cómo los pintaría Delacroix si tuviera que fotografiar la del 48 cuando se enfrentaron entre sí? ¿Hacia dónde mirarían sus ojos?

            Pero me inquieta la actitud de La Libertad. Su mirada cautelosa hacia los protagonistas sociales manifiesta una desconfianza en el futuro que me preocupa; como si esa palabra, mágica y gastada que se asocia a Francia, simbolizada en la bandera, no se fiara de ellos y tuviera que estar vigilante ante el siguiente recodo de la Historia. Yo, en cambio, me conformo con esta borrachera de libertad porque Delacroix me puso aquí como contrapunto y, por tanto, mis ojos van más allá de la escena que representa el cuadro; miran al futuro con la felicidad que otorga la inocencia.

viernes, 27 de junio de 2014



                                                                DORA MAAR

                                                         
                                     Picasso, Dora Maar  (1937)

                                           
                                         
           
            Me miro en este cuadro tras el paso de los años y tengo que reconocer la perspicacia del cabrón de Pablo. No sé si su habilidad artística iba unida a una capacidad visionaria y las dos a un instinto de depredación sexual del que hizo gala a lo largo de su dilatada vida. Pese a todo lo recuerdo: es tan corto el amor y tan largo el olvido.
            Yo hubiera querido que me retratara como lo había hecho con Olga años antes, cuando la pintó sentada en un sillón con aquel deslumbrante vestido rojo y aquella delicadeza de bailarina en reposo; pero a mí me veía como la antítesis de aquella mujer: no hay más que comparar la elegancia de las manos caídas de Olga con las mías, crispadas como cuchillos; como si con ello me quisiera recordar la navaja con la que me corté los dedos el día que lo conocí en el café Deux Magots, para llamar su atención con el rojo de mi sangre tiñendo los guantes negros. Sobre mi rostro cubista plasmó la poliédrica personalidad que había en mí: esa mezcla de genes eslavos de mi padre croata y latinos de mi madre francesa que, aderezados con mi embrujo porteño (Mi Buenos Aires querido), intentaba conquistar (pobre de mí) a un maestro de la seducción. Aprovechó la simultaneidad del cubismo para ponerme dos caras: la de la paciente observadora y la de la gata agazapada esperando al acecho con una cámara fotográfica.

            Pero no sé qué esperaba; para entonces él ya jugaba otras cartas como había hecho toda la vida y mi rabia se plasma en esos dedos crispados. Nunca logré sobreponerme, ni siquiera con la ayuda de Lacan y del grupo surrealista parisino de Eluard, Buñuel y tantos otros amigos; pero también siempre dije: “Después de Picasso, solo dios”. Pagué grandeza con servidumbre.