lunes, 25 de enero de 2016




                                   CARÁCTER Y DESTINO


                   
                                
                                     Rafael, El Cardenal (1510)


            He visto a Maquiavelo contemplándome; realizaba un trabajo de campo en busca de material para configurar el carácter de su Príncipe y creo que no podría encontrar mejor ejemplo que el que Rafael imprimió en mi rostro. Como siempre, la realidad imita al arte, de la misma manera que Fernando El Católico imitó a El Principe.
            Toda la serenidad que transmiten la majestuosidad del rojo y la pureza del blanco que me enmascaran contrasta con la expresión poliédrica de mis ojos; agazapados tras una nariz florentina, ocultan y, a la vez, delatan la astucia más propia de un avezado político que la magnanimidad de un príncipe de la Iglesia. Por más que se empeñen en escrutar mi enigmática mirada, nadie conocerá mi halo impenetrable, porque estoy a una distancia sideral de los mortales con los que mantengo una frialdad de hielo.

            Lo único que lamento es que la sagaz intuición que atesoro no me sirva para adivinar que en breve seré asesinado.

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